En las clases de yoga, nuestros alumnos de secundaria se enfrentan a distintos grupos de posturas que, más allá del esfuerzo físico, representan verdaderos retos de concentración y autoconocimiento.
Las posturas de equilibrio los invitan a enfocar su atención en un solo punto, a descubrir cómo la calma interior les da estabilidad. Las posturas de fuerza despiertan en ellos la determinación y la confianza para sostenerse, incluso cuando sienten que ya no pueden más. Y las inversiones son posturas en las que cambian su perspectiva física y mental y los ayudan a mirar el mundo desde otro ángulo, recordándoles que los desafíos pueden ser oportunidades para crecer.
Durante la práctica, los estudiantes aprenden a dirigir su atención de manera consciente: a observar su respiración, a reconocer dónde está su mente y a llevarla justo hacia el punto que necesitan sostener o relajar. Este proceso, que inicia con el cuerpo, se convierte poco a poco en una herramienta para su vida cotidiana: mantener el enfoque, la calma y la claridad mental ante cualquier reto.
Al final de cada clase, después de un periodo de movimiento y atención profunda, llega el momento de la relajación y la meditación. Y es allí donde ocurre algo hermoso: los alumnos logran soltar, descansar y entrar en un estado de serenidad que surge naturalmente.
Aunque pareciera lo contrario, después del esfuerzo físico, su mente está más tranquila y su cuerpo más receptivo a la quietud.
Así, cada sesión de yoga se transforma en una experiencia completa: una práctica que fortalece el cuerpo, educa la mente y cultiva la presencia. Un espacio donde nuestros jóvenes aprenden a conocerse, a confiar en sí mismos y a descubrir el poder de su propia atención desde la reflexión consciente de cada práctica.
Tania Villanueva Andrade.


.jpeg)






